viernes 29 de enero de 2010

Piernas de metal


Los rieles del tren indicaban mi camino. A lo lejos se perdía en una curva. Yo andaba por el borde y saltaba entre los fierros. Poco sabía de mi futuro, mi presente, incluso mi pasado. Con pasitos apresurados intentaba llegar a una estación, una tienda, una casa, algo que se diferenciara de esas extensas piernas de metal. El sol golpeaba en mi frente y la piel estaba lastimada. No lograba divisar ni si quiera una suerte de sedentarismo. Quizás debía alejarme de ese camino, adentrarme en el bosque para encontrar un poblado en donde las abuelas miman a los nietos y las madres preparan postres para la familia. Cada vez que intentaba hacerlo, mis piernas se entrelzaban y no me dejaban cambiar el rumbo. Tropezaba y caía una y otra vez. Por momentos me resignaba a esa soledad (realidad). Otros, soñaba que tenía un hogar, una prisión, un hueco cubierto de ramas de eucalipto que perfumaba el entorno. Pero mi destino estaba en las rieles. Pasaban los días. Perdía la compostura. Gritaba, maldecía y hasta lloraba. Mis pies seguían solos aquel sendero. ¿Soy un vagabundo? Ya no logro anclarme ni en la brisa.

Por Manuela Carcelén Espinosa

martes 26 de enero de 2010

Un relato con un sinsabor... o con dos

El amor es decisión y costumbre, dice Sebastián. Otros gritan, No, No, el amor no es así. Es una sensación que te consume el alma, te amarga el corazón, te dibuja pastillas de colores y te entrega polvos mágicos para caminar el día a día sin sentir tanta soledad. Los demás con vos tímida aseguran que es algo parecido al goce absoluto, a la entrega y que tiene un sabor a eternidad.

El amor es decisión y costumbre, insiste. Vocecitas aseguran, con un timbre chillón, que esa sensación es sólo un placebo necesario, pero que después traerá consigo un inevitable desconsuelo.

Cerca de las flores vuela un bichito que mira sorprendido a todos. Él no sabe lo que es el amor. Tampoco le interesa descubrirlo, discutirlo, dibujarlo. A sabiendas de que todo es efímero, prefiere solamente vivirlo, después quizás llorarlo. Sin entenderlo.

Por Manuela Carcelén Espinosa

jueves 21 de enero de 2010

Harem in Tuscany de Gogol Bordello

Mientras miro algunas cosas del pasado, para convertilas en un presente alentador.




Por Manuela Carcelén Espinosa

martes 19 de enero de 2010

¿De vuelta?

Días sin escribir. El tiempo no tiene compasión o acaso será que no le importa nada. Me inclino más hacia esa teoría en la que el rector de los años se caga en todos nosotros, así como nosotros hacemos eso mismo con todo aquel que nos rodea.

Pero en todo caso, por su falta de interés no pude evitar que las horas se detuvieran y comprendieran que por momentos nos perdemos y dejamos que el viento sople y nos lleve por otras rutas, caminos inciertos. Llevo casi un año así. Pero ahora quiero volver nuevamente a mi recorrido anterior, no porque sea algo con seguranzas, sino porque así puedo dedicarme al desahogo letrado.

Esto es una especie de disculpa hacia todos aquellos que alguna vez se interesaron en este blog y que después no encontraron más que los mismos post, ya sin gracia y algo empolvados.

Por lo que quisiera que todos (si es que existen) vuelvan a revisar estas páginas y no olviden que esta "escritora" hay días que va y otros que viene, intentando siempre anclarse en la brisa.

Por Manuela Carcelén Espinosa

domingo 4 de octubre de 2009

Gracias a la vida

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros que cuando los abro
Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el oído que en todo su ancho
Graba noche y día grillos y canarios
Martirios, turbinas, ladridos, chubascos
Y la voz tan tierna de mi bien amado

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con él, las palabras que pienso y declaro
Madre, amigo, hermano
Y luz alumbrando la ruta del alma del que estoy amando

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos
Playas y desiertos, montañas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano
Cuando miro el bueno tan lejos del malo
Cuando miro el fondo de tus ojos claros

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto

Gracias a la vida, gracias a la vida...


Buen viaje Negrita.

domingo 20 de septiembre de 2009

Pero pero pero...


Tres veces nos vimos hasta que la “gran noche gran” parecía llegar. Fuimos a cenar, como lo habíamos hecho la semana pasada, a un petit restaurant con luces bajas, sillones rojos y comida árabe. Lámparas violetas y exquisitas imploraban romance. Y yo estaba predispuesta a ser feliz.
Él me miraba evidentemente interesado y hasta se había animado a tocar mi mano y cada tanto me daba un beso con sabor a hombre. Yo, encantada.


La cena transcurrió entre risas, susurros y expectativas. Terminamos el vino y de repente todo se hizo más cálido, lento. La piel estaba alerta y los poros se abrían.


“Vamos de una vez”, dijo con voz grave y me emocioné.


Llegamos a mi casa. Caricias, besos y más caricias. Que bueno… En el medio del amor, sonó mi celular. Intenté evitarlo pero pensé que podría ser mi hermana y tenía que atenderla.


“Disculpame”, y corrí entre las ropas tiradas en el piso, busqué el maldito aparato que sólo por que la vida se nos ríe, dejó de sonar en el mismo instante en que lo conseguía agarrar. Número desconocido. Qué extraño.


“Acá estoy”, le dije y se me escapó una risa estúpida.


Volvimos a los besos. Y sonó otra vez el celular. Me pidió que lo apague. Le dije que no podía e increíblemente comenzamos a discutir sobre si el celular o yo.


“Esperá un ratito”, le dije poniendo énfasis en el dismunitivo.


“No espero una mierda”, y se fue.


Cerró la puerta de mi casa y desapareció. Me quedé helada, sin reacción, sin entender.


Sonó de nuevo el teléfono y esta vez atendí. Era la compañía de teléfono, que me recordaba que tenía que pagar la boleta si no quería que me corten el servicio.

martes 8 de septiembre de 2009

La muerte me duele. Sé que somos cadáveres deambulando entre las sombras. Pero cuando la parca llega impredecible, la muerte me duele.

Los ojos opacos caminan entre sábanas de seda y la muerte duele. Así como el canto de los lirios, la muerte me duele.

Escucho tu susurro, lamo tus entrañas. Y la muerte me duele.

Descuido mi alma. Entiendo tus deseos.

La muerte me duele.


Por Manuela Carcelén Espinosa

sábado 29 de agosto de 2009

Laura no está

Laura no está
Laura se fue
Laura se escapa de mi vida
y tú que si estás,
preguntas porqué
la amo a pesar de las heridas
lo ocupa todo su recuerdo
no consigo olvidar
el peso de su cuerpo
Laura no está
eso lo sé
y no la encontraré
en tu piel

es enfermizo,
sabes que no quisiera
besarte a ti pensando en ella
esta noche inventaré una tregua
ya no quiero pensar más
contigo olvidaré su ausencia

y si te como a besos,
tal vez la noche sea más corta,
no lo sé yo solo no me basto,
quédate y lléname su espacio,
quédate, quédate

Laura se fue, no dijo adiós
dejando rota mi pasión,
Laura quizá ya me olvidó
y otro rozó su corazón
y yo sólo sé decir su nombre
no recuerdo ni siquiera el mío
quién me abrigará este frío

y si te como a besos, tal vez
la noche sea más corta,
no lo sé
yo sólo no me basto,
quédate
y lléname su espacio,
quédate, quédate

puede ser difícil para ti
pero no puedo olvidarla
creo que es lógico,
por más que yo intente escaparme
ella está
unas horas jugaré a quererte
pero cuando vuelva a amanecer
me perderás para siempre

y si te como a besos sabrás
lo mucho que me duele
este dolor
no encontraré en tu abrazo el sabor
de los sueños que Laura me robó
si me enredo en tu cuerpo
sabrás
que sólo Laura es dueña
de mi amor no encontraré en tu abrazo
el sabor de los besos que Laura
me robó
me robó.



Jodete pelotudo!


Por Laura

miércoles 26 de agosto de 2009

He works hard for the money

De las dieciocho horas que tiene para vivir, entre doce y catorce trabaja. Una, capaz usa para ir regularmente al gimnasio y el resto se le va en el viaje que lo lleva y trae a su casa. Es joven y deseable. Sabe que varias chicas lo pispean, lo observan. Alguna osada se atreve a hacerle algún chiste insinuante o incluso buscar un tropezón. Tiene pruebas de ello e intuye que más de un par fantasea con él. Sin embargo, no le interesa. No le mueven un pelo. Rodrigo se considera un ser solitario, metódico y serio.

Algunos de sus compañeros, envidiosos por naturaleza pero que callan tal falencia, pretenden codearse con él por sus buenas relaciones con los capos, con los ejecutivos, con los que deciden y llevan la batuta. Él se sabe poderoso en ese ambiente. Y por eso es indiferente a todo y a casi a todos y todas. Trabaja mucho y vive estresado, cansado, pero la ambición puede más y continúa.
El amor lo desencantó siempre. No tuvo suerte. Cree difícil enamorarse, no es que no sea posible pero lo ve lejano. Por eso, tal vez, su indiferencia o frialdad, o las dos cosas.

Pero a la vida le encanta cagarse de risa de uno. Ponernos en ridículo, se empeña en ese método de enseñanza. Fue así que bajo este prelado apareció Sofía.

De sólo verla le gustó. Le gustó el cuerpo, la sonrisa, el pelo y sobre todo cómo camina. Como si nada le importara, como si ella estuviera en otro lado cada vez que pasa cerca, como reina y señora del mundo y del cosmos.

Sofía ama amar. Siempre tiene novio, amantes, coqueteos, insinuaciones y amigos con esporádicos derecho a roce. No tiene culpa y vive. Aunque no comenta sus amoríos, todo el mundo susurra por lo bajo con quien salió, cómo fue y con cuantos se debe haber acostado. La fama ahora le quedó muy grande, pero a ella le da lo mismo.

Rodrigo piensa en ella, pero no sabe como acercarse. Ella no entiende las señales. Esas putas señales. No entiende que la sonrisa de él, es la muestra de una profunda admiración, no comprende que esa pregunta idiota fue una excusa, que ese chiste era sólo para que ella riera. Ella no se percata. No tiene ni idea de cuánto él la piensa y cómo le cuesta.

Rodrigo se desespera, trabaja menos, rinde poco y toma mucho café. Hasta que finalmente pierde la batalla. Se retira del juego. Piensa que está perdiendo demasiado como para poder seguir con ese ritmo. Pide que lo pasen a otro lado. Se va.

- ¿Viste que a Rodrigo lo cambiaron de sector?
- Si. Qué pena.
- ¿Por? ¿Te gustaba?
- Si y estoy casi segura de que yo a él. Ahora voy a tener que ir a visitarlo, a ver qué onda. Pero yo con esta duda… No me quedo.

El pobre Rodrigo, no sabe que la vida enseña como enseña...


Por Laura Brizuela

domingo 23 de agosto de 2009

Idas y vueltas

La primera vez que me dijo que me amaba fue mientras cogíamos. Perdón por la brutalidad, pero no puedo decir que estábamos haciendo el amor. Simplemente cogíamos y al infeliz se le ocurrió decirme que me amaba.

No sé porque lo hizo pero me molestó como molestan los granos purulentos a la hora de una cita, me puso incómoda porque él esperaba respuesta y yo sólo quería llegar al orgasmo. Me desconcentró y tuve ganas de mandarlo a la mierda, de explicarle que no me van los monólogos sentimentalistas mientras cojo, de decirle que muy lindo todo, pero nos conocemos hace muy poco, quería mandarlo al psicólogo y a la mierda de nuevo. Pero me seguía mirando mientras se movía arriba de mí. Entonces sentí pena y me traicioné. Le dije un apenas audible yo también.

Sonrió y acabó, mientras yo no pude nada. Se veía feliz, cansado y satisfecho. Yo me sentía amargada, sola y estúpida. Quería irme y él me abrazó. Me preguntó si tenía ganas de hablar. Me enfermó. Le dije que no, que tenía sueño. Me di vuelta y sentí como él iba cayendo en la profundidad, mientras mis ojos buscaban penumbra en la oscuridad del cuarto.
Hacía calor. Recuerdo que su cuerpo se me pegaba al mío.

- ¿Estuviste enamorada después?
- Si, definitivamente. Pero esa noche, la primera de las millones que estuvimos juntos, no lo quise. Quise extinguirlo. Desaparecerlo.
- Pese a que el decía amarte.
- Por eso. No le creí. Lo vi necesitado, débil, poca cosa.
- ¿Y cómo fue verlo después de tanto tiempo y tantas cosas?
- Nada. Le dije que lo amaba mientras cogíamos. Después me mandó al psicólogo.


Por Laura Brizuela