miércoles, 6 de julio de 2011

Cinco golpes


Golpe 1.

Ojos moreteados no pueden abrirse. Tristes no quieren hacerlo. Parpados hinchados pesan tanto como los golpes. Buscan el calor de oscuridad.

Golpe 2.

Manos atadas, insuficientes. Creadoras de miedos y a veces de placeres. Olvidadas, inutilizadas, sometidas. Colgadas de los dedos de otros.

Golpe 3.

Lengua mordida. Envenenada con tóxicos ajenos. Despilfarro de saliva grandilocuente. Encerrada entre espasmos, intentos de contener la asfixia.

Golpe 4.

Cuello rasgado. Gotas de sangre. Cuerda al costado. Marcas de sueños partidos.

Golpe 5.

El titiritero cortó sus hilos.

Por Manuela Carcelén Espinosa

martes, 26 de abril de 2011

Mucha mierda


La tarde está gris, un poco triste, algo decaída. La tarde inspira quedarse en casa con un trago calentón, en caso de poder aplicarlo. La tarde me empuja a la calle.
En un vitara gris recorro las vías, mientras las plumas del parabrisas hacen juego con el sonido de la radio. La música retumba, las ventanas vibran, yo tiemblo. Ambos caminamos y caminamos, rodamos y rodamos.
Giro en una esquina, golpe de mala suerte. Banderas blancas y azules instan a un NO, casi rotundo, casi descomunal. ¿Qué pasa?, le digo al vitara. No responde nada. No responde nada. La gente parece gritar consignas y me acuerdo que estamos en campaña. Gesticulan, yo no entiendo nada, supongo que me dicen que vote NO. Pero qué tan positivo es el NO. Pues no lo sé. Me siento invadida. Parece que me quieren obligar, no convencer.
No puedo acelerar, hombres y mujeres se cruzan frente al vitara y a mí. Alguien se abalanza contra nosotros. Ahora el color de la bandera cambió. Verde intenso. SÍ. Mil veces SÍ. Me abruman, SÍ, pasan los colores por mi rostro, SÍ, siento la textura. Ahora empieza la lucha de los colores. Todos quieren llegar primero. No quiero que se me acerquen. Estoy en una tarde gris, un poco triste con ganas de un trago calentón. Me obligan a mirarlas. El SÍ me empuja y yo solo quiero salir. En mi mente: vitara y yo decidimos hacer lo que nos da la gana, aceleramos, no miramos, solo sentimos como atropellamos a cada uno de los feligreses de la política. Quiebres, gritos, rasgaduras. Inconcientes, infelices, escupen esos feligreses. Nosotros huimos. A nadie le importó que vitara y yo salimos a recorrer las calles para escuchar la radio, aunque queríamos estar en casa calientes. A nadie le importó que no queremos ni SÍ ni NO. Sabemos que siempre será lo mismo. A nadie le importó gastar el dinero que talvez serviría para algo más sencillo, algo más real. Un trago calentón. ¿Los atropello?

Por Manuela Carcelén Espinosa

lunes, 18 de abril de 2011

Era lunes. O tal vez martes, no puedo precisarlo.

Días, semanas, horas han pasado desde el último post que publiqué en este blog... pero como saben quienes me leen, sin importar si son pocos o muchos o si soy solamente yo, es que el viento sopla y yo intento detenerme y abrazarme a un árbol para que no me lleve pero su fuerza es siempre superior a la mía. Me jalonea y me aleja de todo lo que quiero y luego cuando calma, yo despacio regreso caminando hasta entrar en ese punto que me impulsa a continuar. Un cigarrillo en mano y una copa pueden siempre ser parte de este juego entre la brisa y yo, por ahora ambos se han ido de vacaciones y sola debo jugar.
A continuación un fragmento de Opio en las Nubes, solo para recordarles que con ese libro bajo el brazo retorno a las calles de las que me separaron.

"... Amarilla no te desconcentres Amarilla mira que esto es importante Amarilla mira Amarilla que los colores son ese tejido invisible que conectan todos los recuerdos y los días mira Amarilla que cuando tú no estés más junto a mí yo te recordaré mas por tu sudor que por tus palabras es muy importante esto que te estoy diciendo mi querida Amarilla y entonces ella me miraba y el domingo seguía oliendo a acpm con atún a hojas secas sobre el pavimento oye Sven dame otro cigarrillo claro Amarilla toma Amarilla las calles también tienen su olor las calles huelen a bicicletas dejadas en los antejardines eso es cuando uno está chico huele a cadena de bicicleta a grasa a refresco a paleta de limón a árbol tal vez a pino huelen a muchas cosas que se mezclan los olores de mamá su perfume de pan el aroma de papá el olor del perro el olor de las tres de la tarde cuando no hay nada qué hacer Amarilla también huele a bus a gasolina huelen a nubes apretadas fatigadas a cielo deprimido observa ese cielo Amarilla obsérvalo con esos ojos grandes huele ese cielo el olor de las calles siempre es el olor de la desolación todo parece quieto pero en el fondo todo está muerto todo parece feliz pero todo es infeliz uno cree que porque los chicos montan en bicicleta la felicidad anda por aquí y por allá pero nada de eso Amarilla nada de eso en el fondo todo es un engaño el olor de las calles nos mata lentamente nos atraviesa los huesos con presición y nos dice que el tiempo está pasando por entre nuestros dedos y nuestros ojos y no hay nada que podamos hacer Amarilla el olor de los días es un océano invisible por donde vagamos sin saber dónde queda la costa ni los faros solamente somos islas que nos vemos intermitentemente cuando las olas bajan y entonces nos saludamos de isla a isla nos decimos hola observamos los rostros y luego cada cuál se sumerge en su pequeña isla en su pequeño olor particular y se concentra en sus sudores en sus miedos en esos aromas que vienen de lo más profundo de los pantalones de los zapatos de los ojos de una especie de pecueca del alma Amarilla así como lo oyes una especie de pecueca del alma como si tuvieramos un millón de zapatos en la mitad del corazón (...) el olor de la tristeza se localiza en la boca del estomago es como si siempre tuvieras hambre de algo hambre de luz hambre de calle hambre de noche hambre de todo hambre de nada hambre de mierda no te deja tranquilo te quema te da vueltas en el estómago te atrapa todas tus palabras y no las deja salir Amarilla el mundo Amarilla el mundo es una cosa extraña una pelota caliente un pedazo de cielo entre los dientes un pedazo de día entre las piernas un sol roto entre los calzoncillos blancos Amarilla y entonces solamente entonces me daban ganas de limpiar con los cucos rosados de las chicas el vidrio roto de los días pero a los pocos minutos el vidrio se ensuciaba y todo volvía a ser igual Bayer se sacaba los mocos límpiate los mocos no me joda la vida y Leonid tomaba licor y yo seguía fumando dejaba escapar el humo por entre el vidrio roto de los días y sólo esperaba que alguien me diera una piedra para romperlo definitivamente a lo mejor si lo hubiera hecho estoy seguro de que Bayer habría pegado el vidrio roto de los días con sus mocos de eso estoy seguro Amarilla."

Por Manuela Carcelén Espinosa

martes, 5 de octubre de 2010

Absorbente


Absorbe, exprime, inhala, empuja, recluta, ahoga, distrae, enreda, asfixia, hmmm, inhala.


Por Manuela Carcelén Espinosa

miércoles, 11 de agosto de 2010

la frase

Y qué hace uno, cuando solo tiene un anhelo de morir...

martes, 10 de agosto de 2010

La exclusiva

*Nota: Este post va sin foto porque las que el fotógrafo sacó, son propiedad del medio en el que trabajamos.

Eran las 11 de la mañana aproximadamente. Yo paseaba por los alrededores de la Asamblea Nacional, un edificio venido a menos, que recibió los retoques del proyecto de modernidad del Gobierno. Todos los periodistas estaban como locos buscando la exclusiva. Yo, en cambio, quería una nota divertida, de color. Nada difícil con todos los invitados al evento.
Pero la realidad era que nada me emocionaba ni motivaba. Ya cansada le dije a mi fotógrafo, Víctor, que fuéramos a dar una vuelta, que buscáramos si en los alrededores alguien tenía una tele prendida viendo el informe de Correa o no sé alguna novedad que me sacara, primero del sol y segundo de las presiones políticas, que tan poco me gustan.
Por esta calle no hay nada, le dije a Víctor. Caminábamos entre la gente, entre los periódicos que hacían las de parasol, entre el smog de la capital, entre tan mierda. Nos metimos por la calle posterior a la Asamblea. Tampoco había nada. Eso pensé.
Unos pasos más allá, junto a la puerta de entrada, estaba un hombre de pequeña estatura y poco pelo. Traía amarrado a su cuello una radio que no era portátil; junto a sus pies estaban un maletín y un paraguas. Me le acerqué y le pregunté por lo que estaba escuchando.

Sí, estoy oyendo el informe
Y ¿qué le parece?
Mmm, bien
¿Quién es usted?
Yo soy el presidente de la República
¿Usted es?
Sí, me eligieron en Montecristi
¿Quién lo eligió?
Yo fui proclamado presidente por el Gobierno de Estados Unidos, yo soy el legítimo presidente.
Bueno saberlo, le agradezco señor presidente por su tiempo
No se preocupe, cuando quiera.

Víctor sacó unas fotos lindas. El cielo azul del medio día de Quito estaba de fondo. Los señores de los bolos, las mujeres de los canastos de chochos, los vendedores de gafas, las tiendas que tienen de todo, desde agua hasta empanadas de viento, eran parte del escenario. Las calles sin vehículos era el toque magistral.
Yo estaba sonreída. Tuve la exclusiva con el presidente. Los demás se lo perdieron por buscar una respuesta, que todos conocemos.

Por Manuela Carcelén Espinosa

miércoles, 4 de agosto de 2010

miércoles, 21 de julio de 2010

Algo nostálgica...

CARTA A UN AMIGO

No puedo darte soluciones para todos los problemas de tu vida, ni tengo respuestas para tus dudas o temores; pero puedo escucharte y buscarlas junto contigo.
No puedo cambiar tu pasado ni tu futuro; pero cuando me necesites estaré junto a ti. No puedo evitar que tropieces. Solamente puedo ofrecerte mi mano para que te sujetes y no caigas.
Tus alegrías, tus triunfos y tus éxitos no son míos; pero disfruto sinceramente cuando te veo feliz. No juzgo las decisiones que tomas en la vida. Me limito a apoyarte, a estimularte y a ayudarte si me lo pides.
No puedo trazarte límites dentro de los cuales debes actuar; pero sí te ofrezco el espacio necesario para crecer. No puedo evitar tus sufrimientos cuando alguna pena te parta el corazón; pero puedo llorar contigo y recoger los pedazos para armarlo de nuevo. No puedo decirte quién eres, ni quién deberías ser. Solamente puedo quererte como eres y ser tu amigo. En estos días oré por ti. En estos días me puse a recordar a mis amistades más preciosas. Soy una persona feliz: tengo más amigos de lo que imaginaba. Eso es lo que ellos me dicen, me lo demuestran. Es lo que siento por todos ellos. Veo el brillo en sus ojos, la sonrisa espontánea y la alegría que sienten al verme. Y yo también siento paz y alegría cuando los veo y cuando hablamos; sea en la alegría o sea en la serenidad.
En estos días pensé en mis amigos y amigas y entre ellos, apareciste tú. No estabas arriba, ni abajo, ni en medio. No encabezabas ni concluías la lista. No eras el número uno, ni el número final. Lo que sé es que te destacabas por alguna cualidad que transmitías y con la cual desde hace tiempo se ennoblece mi vida. Yo tampoco tengo la pretensión de ser el primero, el segundo o el tercero de tu lista. Basta que me quieras como amigo.
Entonces entendí que realmente somos amigos. Hice lo que todo amigo; oré, y le agradecí a Dios que me haya dado la oportunidad de tener un amigo como tú. Era una oración de gratitud, porque tú le has dado valor a mi vida.

JORGE LUIS BORGES

martes, 20 de julio de 2010

A mis amigos!

Joan Manuel Serrat Las Malas Compañías




Por Manuela Carcelén Espinosa

miércoles, 14 de julio de 2010

Exorcismo


http://www.flickr.com/photos/oidodesnudo/4364148316/



Cansada, exageradamente. Oscura. Un exorcismo de por medio. Me atan de pies y manos. Los ojos se quedan en blanco. Bramidos salen de mi tórax. La boca comienza a expulsar salivación con textura de animal envenenado. Las palabras no son claras, las ideas tampoco. El vientre se levanta, tieso, y hace que mi espalda se arquee, que quiera romperse, explotar. Cae. Me retuerzo cual babosa recién roseada de sal. La bestia pierde fuerzas. También yo. Como un feto, me embrollo entre placenta y un cordón umbilical. Un exorcismo de por medio. No puedo vomitar.



Por Manuela Carcelén Espinosa

martes, 29 de junio de 2010

Más fuerte que Roma



Wavin Flag, del somalí K'naan

Por Manuela Carcelén Espinosa

lunes, 28 de junio de 2010

(She is so heavy)




















I want you. I want you so bad.


Retumba.

No puedo parar. De una cerbatana salen misiles que perforan mi piel. Entran uno, dos, tres, y el veneno se desplaza sin miedo por la sangre. No soporto más. Las drogas de mi cuerpo aceleran el efecto.

La última inhalación. Minúsculas partículas de placebo ingresan por mi nariz, me raspan, me amargan. Y en su recorrido siento una explosión. Pfff. El cerebro abré sus poros. Pfff. Los blancos se vuelven cristalinos. Pfff.

It´s driving me mad.

Tú miras estupefacto. Supones una debilidad, una caída estrepitosa ante un simple tropezón. Tú sigues escupiéndome dardos.

Por Manuela Carcelén Espinosa

martes, 22 de junio de 2010

Tom Waits reads Charles Bukowski



El corazón que ríe

Charles Bukowski

Tu vida es tu vida
no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión
mantente alerta
hay salidas
hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
vence la oscuridad
mantente alerta
los dioses te ofrecerán oportunidades
conócelas
tómalas
no puedes vencer a la muerte pero
puedes vencer a la muerte en la vida, a veces
y mientras más a menudo aprendas a hacerlo
más luz habrá
tu vida es tu vida
conócela mientras la tengas
tú eres maravilloso
los dioses esperan para deleitarse
en tí.


Por Manuela Carcelén Espinosa

viernes, 11 de junio de 2010

Ich Bin Dein Gummibär

Escena 1.

Marta, mujer, pelo oscuro, ojos almendrados, piel despintada, sonrisa ausente, fe desconocida, ganas... qué son las ganas.
Marta trabaja en una oficina como cualquier otra, es decir, con zombies que se limitan a teclear lo que sus jefes piden, lo que a sus jefes no se les ocurre.

Escena 2.

Compu, dispositivo electrónico, un tanto feo, piel morena, detalles sucios, sensaciones... qué son sensaciones.
Compu recibe incansable ordenes de Marta. Ella no para de teclear, actualizar, viajar, regresar a las mismas páginas, mirar perfiles. Sus compañeras son blancas, pulcras y rápidas.

Escena 3.

Ambas tienen apariencia triste. Ambas escuchan patéticas: Ich bin dein Gummibär.





Por Manuela Carcelén Espinosa

miércoles, 9 de junio de 2010

Crónica de un suicidio anunciado (Me calaste hondo)


Mi piel se eriza como la de un gato, no tengo siete vidas. Se entumecen los músculos, se pierden los sentidos. Por mi brazo derecho se pasean hormigas, el dolor va in crecendo. El corazón no da tregua.

Estoy casi ciega. Me golpeo contra las patas de las sillas y mesas que se cruzan frente a mí. La piel blancuzca se pigmenta: el violeta y el rojo predominan; y la baldosa, fría, es testigo de lo que está pasando. Ella recibe las gotas de mi sudor, de mi aliento. El stereo dispara lamentos que se me van calando.

El mareo me gana la batalla, me transforma en acuarela. No quiero una caída abrupta. Me pego a la pared y decaigo. Despacio, me arrastro hacia una alfombra, necesito calentarme, cubrirme de algo que me mienta calidez. La felpa me reconforta y no sé cómo salir de ese pastizal. Llevo a mi boca un trago más de lo que tengo en la botella, no recuerdo qué es. Trato de incorporarme. Babas amarillentas ensucian mi rostro. Sigo luchando.

Miro hacia el baño y su cuerpo sigue ahí tendido. Sus brazos están cubiertos de sangre, los ojos entreabiertos me confunden. Siento que me mira, que me juzga.

Lo perdí, ahora sí lo perdí.

Me calaste hondo. Y ahora me dueles.

Por Manuela Carcelén Espinosa

Two times

Noche.

Rinconcito mío.

El sol no rompe mis ojos,

no interrumpe mis ideas.

I need to sing a song

La luna golpea en la espalda,

ilumina mi fantasma.

Y mi pecho tan blanco

queda opaco frente a ese espejismo.

What if I try with The Doors?

El vino de tu cuerpo emborracha mis poros.

El silencio nocturno grita en mi oído.

Me envuelvo de ganas.

Love me two times, babe

Te miro.

Deseo tus sabores.

One just for tomorrow

Tu piel canela gana fuerza, sensualidad.

One just for today

No respiras.

Empiezas a perder el sabor.

Cause I´m going away


Por Manuela Carcelén Espinosa

viernes, 21 de mayo de 2010

Azúcar

Era morena como el azúcar. Sus labios grandes y algo deformados por unos dientes chuecos, hacían que el rostro se acercara más a sus antepasados, los simios. Sus ojos eran profundos pero sin gracia; a pesar de la falta de belleza, invitaban a preguntarse quién sería aquella mujer.

Yo la veía desde un taxi. Hacía un análisis completo. Ella ni si quiera notaba que yo existía, mucho menos que la observaba. Por un minuto nuestras miradas se cruzaron, no sé si ella lo notó.

El tráfico ayudó a seguir desglosando detalles. Estaba mojada a causa del aguacero que había caído pocas horas antes y fumaba un cigarrillo de mala calidad, supongo que con el afán de calentarse. Si la vista no me juega en contra, un sucio y arrugado Full Speed era lo que llevaba a su boca. Sin embargo, lo hacía como las adolescentes que no tragan el humo y sólo realizan una simulación para sentirse mayores. Quise imaginar su vida.

Lo primero que vino a mi mente fue que era una puta, de las baratas, de las que se ganan el pan con el cuerpo, en vez de alcanzar una casa con piscina, ropa de marca, fiestas todos los días, cuerpos de plástico. Pensé en eso, por su mirada y por la forma en la que estaba parada. La vestimenta también me inducía. Traía puesto un jean con bordados brillantes en los costados, una camiseta cortita y algo escotada. Sobre eso un saco viejo y deshilachado hacía las de cobija, dudo que funcionara de algo. Sus pies pequeños, con dedos gruesos y empeine tosco, sobresalían por unas sandalias de plástico negro, que parecían soportar el peso del cansancio.

Finalmente el taxi empezó a moverse pero no por mucho. Unos pocos metros más allá, el chofer inútil chocó contra la parte trasera de un auto de lujo, de esos que sólo mirarlos cuesta un poco más que un ojo de la cara. Yo salí ileso pero, por supuesto, mi viaje terminó en esa esquina.

Entre insultos de unos y otros salí y miré nuevamente a la mujer. Esta vez ella sí notó mi presencia. Se acercó y me preguntó si todo estaba bien. Me sentí algo invadido, así que respondí un frio y distante sí. Tenía algo de vergüenza de que alguien nos viera conversando juntos, no suelo cruzarme con gente así. Cuando termine esa frase pensé: gente cómo.

Me di media vuelta, quería huir, me intimido su acercamiento. No te asuste niño, me dijo, sólo quiero saber si te pasó algo, nada más que eso. La sensación seguía presente, pero tenía que responder para no quedar como un patán o como un pelele. No, nada de eso le dije, pero tengo apuro. Entonces apúrate a tu lugar, respondió. Oye morena fresqueate, tampoco tienes que lanzarme piedras porque no tengo tiempo, dije.

Así comenzó todo. Después de tanta palabra la invité a tomar un café. Fuimos a un lugar cercano, pero oculto. Las ventanas estaban polarizadas, los precios eran razonables. No lo elegimos, el destino nos llevó allá. Empecé a preguntar cosas simples, indagar algo de su vida, pero la respuesta fue negativa. No quería que sepa nada de ella, prefería conversar de cosas del momento y no boberías de días que no se recuerdan. Le pedí su número telefónico pero no me lo quiso dar, prefirió anotar el mío para ella buscarme.

Terminó su café, me agradeció y se fue. ¿Volverá? Me gustaría mucho, su fealdad tiene misterio y su personalidad tiene algo de belleza, no sabría como descubrirla aún.

Pasaban los días y ella no aparecía. Estaba muy inquieto, quería que me llamara pero la sensación de necesidad me hacía sentir como un estúpido. Ocupaba mi tiempo en cualquier cosa, en salir al parque a no hacer nada, en trabajar mis dibujos mal hechos, en investigar sobre cualquier tema inútil como que el magnesio es necesario para mantener un equilibrio corporal y mental. En una página de Internet decía que es el mejor aliado de las mujeres, porque ayuda en los periodos premenstruales y en la menopausia. Será que está en uno de esos días y por eso no da señales de vida, me preguntaba. Pero a las putas no les importa estar con el período. Quizás no sea… cómo no va ha ser. Las semanas pasaban así que mi hipótesis no era probable ni comprobable.

Un día tururú, tururú, tururú, sonó mi teléfono. No pensé que sería ella, ya había pasado mucho tiempo. Aló, dije y del otro lado alguien contestó: soy yo, la chica que conociste después de chocarte en el taxi. Cómo estás, pregunté algo nervioso. Todo en orden, sabes que no he podido llamarte porque tuve unos días difíciles. ¿Qué te pasó? Si me preguntas cosas que no te importan, cierro. No, niña, tranquila sólo es la costumbre. Bueno ¿quieres que nos veamos? ¿Dónde y a qué hora? A las seis en el mismo café.

Yo llegué unos minutos antes de lo pactado. Quería saber si antes de estar conmigo, estaría con alguien o si vendría en taxi o en un bus o si pensaría varias veces antes de entrar al lugar o, no sé, si haría algo que la delataría. Los minutos pasaban y la muchacha del color del azúcar no aparecía. Empecé a asustarme. Y si no venía y si me tenía otra vez esperando semanas por dos minutos de escuchar su voz. Maldita sea, seguro es una puta y quiere comprobar que tengo dinero para pagar.

Por la ventana vi que, Azúcar, así la bauticé, caminaba desde la esquina. Todas las ideas anteriores se fueron. Qué idiota soy, pensé.

Entró, y casi sin buscar, me encontró con la mirada. Se acercó, me pidió disculpas por la demora, había tenido un contratiempo. Nada del otro mundo. Esta vez no pregunté nada, quizás si decía algo imprudente se iría. Bueno y cómo has estado, dije. Todo bien, con algunos apuros, especialmente de plata, pero por lo demás, todo bien. Se pidió un café con whisky, yo preferí quitarle el café y ponerle hielos al mío. Le ofrecí un Full Speed. No tienes alguno que no sepa tan mal, me preguntó. Pero si eso fumas, respondí. Hizo un gesto de molestia, de todas maneras lo tomó.

Luego empezó a hacer una especie de interrogatorio, preguntó por mi edad, mi nombre, mi trabajo, mi domicilio, etc. De cierta forma, me sentí en una entrevista de trabajo y quería impresionar, mostrar que era transparente. Así que contesté todas sus preguntas. Iluso. Cuando yo intentaba hacer lo mismo, Azúcar simplemente cambiaba de tema. Me contaba historias que evidentemente eran inventadas. Quería saberse fina y delicada, pero ni de casualidad podía llegar a eso. Yo no le discutía, ni le decía que no hacía falta que me mienta, que de todas formas tenía ganas de llevarla a la cama, así fea como era. Pero se me adelantó, después de dos horas me dijo: quieres que vayamos a tu casa, tengo ganas de hacer algunas cosas contigo. No dudé, pagué la cuenta, paré un taxi y casi sin respirar ya estábamos en mi departamento.

Le ofrecí alguna bebida, eligió vino. De un solo bocado se terminó su copa, yo hice lo mismo, aunque me dolía desperdiciarlo así. Se acercó y comenzó a acariciar mi rostro, su mano bajó por mi pecho que palpitaba y llegó hasta mi miembro. Me ericé. Intenté besarla pero no me dejó. Quería hacer todo el trabajo. Agarró mis manos y las pasó por todo su ser, lugares inhóspitos que no suelo visitar en cuerpos de otras mujeres. Me quitó toda la ropa, hizo lo mismo con la suya. Solo se dejó el brasier, pero las tetas estaban por afuera. Yo temblaba. Siguió jugando conmigo, quería llegar al orgasmo pero obvio que no iba a quedar como un mediocre. Qué pensaría si en menos de diez minutos terminaba. Ella bajó y comenzó a chupármelo. Esa boca de simio me hizo vibrar al primer contacto. Los dientes chuecos no favorecían su labor, pero sin duda tenía experiencia en el tema. Quería hacerle lo mismo, no me dejaba. Me estaba sometiendo a sus antojos, pero sólo yo recibía las caricias. Me empujó contra un sillón, se sentó sobre mí y se introdujo todo mi ser. Puf, qué placer. Con el movimiento de su pelvis logré sentir hasta el fondo de su sexo. Una, dos, tres. No puedo terminar, se burlará de mí. Respira. No puedo más. Oye voy a llegar, dije. Has lo que quieras, dijo. Eso hice, la empecé a presionar hacia mí con fuerza, creo que le dolía pero no se quejó. En un suspiro todo acabó.

Azúcar se salió. Se vistió y me dijo sin titubear: son 50 dólares. ¿Qué?, susurré. Que me des 50 dólares, ya me tengo que ir. Pero, intenté. Me paré, se los di.

Antes de salir me dijo: Cuando vuelva a requerir de tus servicios, yo te llamo. Beso.

¿Volverá?


Por Manuela Carcelén Espinosa

lunes, 10 de mayo de 2010

Respiro


Respiro. Una bocanada de aire pasa entre mis labios, juega a darme vida. Yo respiro. Siento un escalofrío, la piel da señales de convertirse pronto en una gallina. Sigo inhalando, pretendo que la muerte no se acerca. Las entrañas se estremecen y bailan un son cubano mientras yo desmayo mi dolor.

Intento. Quiero provocarme el vómito, pero mis dedos pequeños y regordetes no alcanzan las profundidades de mi garganta. La mano cae vencida. Estoy nublada, estoy oscura.

Sigo deglutiendo pepas. Así lograré fingir un pasado negro, un presente incierto, un futuro sin futuro. Pasan primero por la faringe, se abren espacio en el esófago y raspan mi interior. Un sorbo de agua viene después y pretende aliviar las quemaduras. No lo logra.

Mi cabeza parece inflada, los ojos torpes se pierden por el techo. Quiero que regresen, se niegan a hacerlo. Me voy a quedar virola. A quién le importa, los muertos no tienen ojos. Pero no quiero morir, pero quizás sí.

Hago un esfuerzo, me incorporo. El cuerpo me falla. Bajo de la cama y pierdo el equilibrio. Poco a poco las luces de mi entorno cambian de color, unas empiezan a disfrazarse de Amarilla, otras de Oscuro y unas cuantas de Morado. Sonrío. Me desvanezco, voy a parar justo contra la mesa que está junto a mi cama. La punta se incrusta en mi frente y obliga a mi sangre a recorrer un pedazo de mi habitación. El charco rojo moja todo mi rostro. No me quiero levantar. ¿Será que me ahogo en mi misma?

La nube es cada vez más espesa. Ya casi no logro ver nada. Aún respiro.


Por Manuela Carcelén Espinosa

jueves, 29 de abril de 2010

Lo cotidiano

Lo que me mata es lo cotidiano. Sólo querría excepciones. Estoy perdida, no tengo hábitos, decía Clarice Lispector en una de sus fichas.

Extraña coincidencia sentirse perdido cuando los entornos están cargados de hábitos y uno no sabe cómo asumirlos, cómo encararlos.

Me exijo adquirir costumbres, que se vuelvan casi una rutina. Por ahí dicen que es la forma de alcanzar los anhelos, yo sólo consigo frustraciones ante una incapacidad notable y una falta de orden.

Pido a todos los santos y los demonios que colaboren con mi causa, que se unan a ella y a través de menjurjes envenenen mi alma para transformarla en lo cotidiano. ¿Y si me vuelvo predecible?

Quizás las aguas purificantes del cielo logren llevarse esta insatisfacción, que nació hace poco, se fue fortaleciendo y ahora no quiere partir.


Por Manuela Carcelén Espinosa

lunes, 19 de abril de 2010

Domingo - El Trío de Omar Rodríguez López



Hoy tengo ganas de vivir... toma un pedazo de mí!

Por Manuela Carcelén Espinosa