martes, 29 de junio de 2010

Más fuerte que Roma



Wavin Flag, del somalí K'naan

Por Manuela Carcelén Espinosa

lunes, 28 de junio de 2010

(She is so heavy)




















I want you. I want you so bad.


Retumba.

No puedo parar. De una cerbatana salen misiles que perforan mi piel. Entran uno, dos, tres, y el veneno se desplaza sin miedo por la sangre. No soporto más. Las drogas de mi cuerpo aceleran el efecto.

La última inhalación. Minúsculas partículas de placebo ingresan por mi nariz, me raspan, me amargan. Y en su recorrido siento una explosión. Pfff. El cerebro abré sus poros. Pfff. Los blancos se vuelven cristalinos. Pfff.

It´s driving me mad.

Tú miras estupefacto. Supones una debilidad, una caída estrepitosa ante un simple tropezón. Tú sigues escupiéndome dardos.

Por Manuela Carcelén Espinosa

martes, 22 de junio de 2010

Tom Waits reads Charles Bukowski



El corazón que ríe

Charles Bukowski

Tu vida es tu vida
no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión
mantente alerta
hay salidas
hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
vence la oscuridad
mantente alerta
los dioses te ofrecerán oportunidades
conócelas
tómalas
no puedes vencer a la muerte pero
puedes vencer a la muerte en la vida, a veces
y mientras más a menudo aprendas a hacerlo
más luz habrá
tu vida es tu vida
conócela mientras la tengas
tú eres maravilloso
los dioses esperan para deleitarse
en tí.


Por Manuela Carcelén Espinosa

viernes, 11 de junio de 2010

Ich Bin Dein Gummibär

Escena 1.

Marta, mujer, pelo oscuro, ojos almendrados, piel despintada, sonrisa ausente, fe desconocida, ganas... qué son las ganas.
Marta trabaja en una oficina como cualquier otra, es decir, con zombies que se limitan a teclear lo que sus jefes piden, lo que a sus jefes no se les ocurre.

Escena 2.

Compu, dispositivo electrónico, un tanto feo, piel morena, detalles sucios, sensaciones... qué son sensaciones.
Compu recibe incansable ordenes de Marta. Ella no para de teclear, actualizar, viajar, regresar a las mismas páginas, mirar perfiles. Sus compañeras son blancas, pulcras y rápidas.

Escena 3.

Ambas tienen apariencia triste. Ambas escuchan patéticas: Ich bin dein Gummibär.





Por Manuela Carcelén Espinosa

miércoles, 9 de junio de 2010

Crónica de un suicidio anunciado (Me calaste hondo)


Mi piel se eriza como la de un gato, no tengo siete vidas. Se entumecen los músculos, se pierden los sentidos. Por mi brazo derecho se pasean hormigas, el dolor va in crecendo. El corazón no da tregua.

Estoy casi ciega. Me golpeo contra las patas de las sillas y mesas que se cruzan frente a mí. La piel blancuzca se pigmenta: el violeta y el rojo predominan; y la baldosa, fría, es testigo de lo que está pasando. Ella recibe las gotas de mi sudor, de mi aliento. El stereo dispara lamentos que se me van calando.

El mareo me gana la batalla, me transforma en acuarela. No quiero una caída abrupta. Me pego a la pared y decaigo. Despacio, me arrastro hacia una alfombra, necesito calentarme, cubrirme de algo que me mienta calidez. La felpa me reconforta y no sé cómo salir de ese pastizal. Llevo a mi boca un trago más de lo que tengo en la botella, no recuerdo qué es. Trato de incorporarme. Babas amarillentas ensucian mi rostro. Sigo luchando.

Miro hacia el baño y su cuerpo sigue ahí tendido. Sus brazos están cubiertos de sangre, los ojos entreabiertos me confunden. Siento que me mira, que me juzga.

Lo perdí, ahora sí lo perdí.

Me calaste hondo. Y ahora me dueles.

Por Manuela Carcelén Espinosa

Two times

Noche.

Rinconcito mío.

El sol no rompe mis ojos,

no interrumpe mis ideas.

I need to sing a song

La luna golpea en la espalda,

ilumina mi fantasma.

Y mi pecho tan blanco

queda opaco frente a ese espejismo.

What if I try with The Doors?

El vino de tu cuerpo emborracha mis poros.

El silencio nocturno grita en mi oído.

Me envuelvo de ganas.

Love me two times, babe

Te miro.

Deseo tus sabores.

One just for tomorrow

Tu piel canela gana fuerza, sensualidad.

One just for today

No respiras.

Empiezas a perder el sabor.

Cause I´m going away


Por Manuela Carcelén Espinosa

viernes, 21 de mayo de 2010

Azúcar

Era morena como el azúcar. Sus labios grandes y algo deformados por unos dientes chuecos, hacían que el rostro se acercara más a sus antepasados, los simios. Sus ojos eran profundos pero sin gracia; a pesar de la falta de belleza, invitaban a preguntarse quién sería aquella mujer.

Yo la veía desde un taxi. Hacía un análisis completo. Ella ni si quiera notaba que yo existía, mucho menos que la observaba. Por un minuto nuestras miradas se cruzaron, no sé si ella lo notó.

El tráfico ayudó a seguir desglosando detalles. Estaba mojada a causa del aguacero que había caído pocas horas antes y fumaba un cigarrillo de mala calidad, supongo que con el afán de calentarse. Si la vista no me juega en contra, un sucio y arrugado Full Speed era lo que llevaba a su boca. Sin embargo, lo hacía como las adolescentes que no tragan el humo y sólo realizan una simulación para sentirse mayores. Quise imaginar su vida.

Lo primero que vino a mi mente fue que era una puta, de las baratas, de las que se ganan el pan con el cuerpo, en vez de alcanzar una casa con piscina, ropa de marca, fiestas todos los días, cuerpos de plástico. Pensé en eso, por su mirada y por la forma en la que estaba parada. La vestimenta también me inducía. Traía puesto un jean con bordados brillantes en los costados, una camiseta cortita y algo escotada. Sobre eso un saco viejo y deshilachado hacía las de cobija, dudo que funcionara de algo. Sus pies pequeños, con dedos gruesos y empeine tosco, sobresalían por unas sandalias de plástico negro, que parecían soportar el peso del cansancio.

Finalmente el taxi empezó a moverse pero no por mucho. Unos pocos metros más allá, el chofer inútil chocó contra la parte trasera de un auto de lujo, de esos que sólo mirarlos cuesta un poco más que un ojo de la cara. Yo salí ileso pero, por supuesto, mi viaje terminó en esa esquina.

Entre insultos de unos y otros salí y miré nuevamente a la mujer. Esta vez ella sí notó mi presencia. Se acercó y me preguntó si todo estaba bien. Me sentí algo invadido, así que respondí un frio y distante sí. Tenía algo de vergüenza de que alguien nos viera conversando juntos, no suelo cruzarme con gente así. Cuando termine esa frase pensé: gente cómo.

Me di media vuelta, quería huir, me intimido su acercamiento. No te asuste niño, me dijo, sólo quiero saber si te pasó algo, nada más que eso. La sensación seguía presente, pero tenía que responder para no quedar como un patán o como un pelele. No, nada de eso le dije, pero tengo apuro. Entonces apúrate a tu lugar, respondió. Oye morena fresqueate, tampoco tienes que lanzarme piedras porque no tengo tiempo, dije.

Así comenzó todo. Después de tanta palabra la invité a tomar un café. Fuimos a un lugar cercano, pero oculto. Las ventanas estaban polarizadas, los precios eran razonables. No lo elegimos, el destino nos llevó allá. Empecé a preguntar cosas simples, indagar algo de su vida, pero la respuesta fue negativa. No quería que sepa nada de ella, prefería conversar de cosas del momento y no boberías de días que no se recuerdan. Le pedí su número telefónico pero no me lo quiso dar, prefirió anotar el mío para ella buscarme.

Terminó su café, me agradeció y se fue. ¿Volverá? Me gustaría mucho, su fealdad tiene misterio y su personalidad tiene algo de belleza, no sabría como descubrirla aún.

Pasaban los días y ella no aparecía. Estaba muy inquieto, quería que me llamara pero la sensación de necesidad me hacía sentir como un estúpido. Ocupaba mi tiempo en cualquier cosa, en salir al parque a no hacer nada, en trabajar mis dibujos mal hechos, en investigar sobre cualquier tema inútil como que el magnesio es necesario para mantener un equilibrio corporal y mental. En una página de Internet decía que es el mejor aliado de las mujeres, porque ayuda en los periodos premenstruales y en la menopausia. Será que está en uno de esos días y por eso no da señales de vida, me preguntaba. Pero a las putas no les importa estar con el período. Quizás no sea… cómo no va ha ser. Las semanas pasaban así que mi hipótesis no era probable ni comprobable.

Un día tururú, tururú, tururú, sonó mi teléfono. No pensé que sería ella, ya había pasado mucho tiempo. Aló, dije y del otro lado alguien contestó: soy yo, la chica que conociste después de chocarte en el taxi. Cómo estás, pregunté algo nervioso. Todo en orden, sabes que no he podido llamarte porque tuve unos días difíciles. ¿Qué te pasó? Si me preguntas cosas que no te importan, cierro. No, niña, tranquila sólo es la costumbre. Bueno ¿quieres que nos veamos? ¿Dónde y a qué hora? A las seis en el mismo café.

Yo llegué unos minutos antes de lo pactado. Quería saber si antes de estar conmigo, estaría con alguien o si vendría en taxi o en un bus o si pensaría varias veces antes de entrar al lugar o, no sé, si haría algo que la delataría. Los minutos pasaban y la muchacha del color del azúcar no aparecía. Empecé a asustarme. Y si no venía y si me tenía otra vez esperando semanas por dos minutos de escuchar su voz. Maldita sea, seguro es una puta y quiere comprobar que tengo dinero para pagar.

Por la ventana vi que, Azúcar, así la bauticé, caminaba desde la esquina. Todas las ideas anteriores se fueron. Qué idiota soy, pensé.

Entró, y casi sin buscar, me encontró con la mirada. Se acercó, me pidió disculpas por la demora, había tenido un contratiempo. Nada del otro mundo. Esta vez no pregunté nada, quizás si decía algo imprudente se iría. Bueno y cómo has estado, dije. Todo bien, con algunos apuros, especialmente de plata, pero por lo demás, todo bien. Se pidió un café con whisky, yo preferí quitarle el café y ponerle hielos al mío. Le ofrecí un Full Speed. No tienes alguno que no sepa tan mal, me preguntó. Pero si eso fumas, respondí. Hizo un gesto de molestia, de todas maneras lo tomó.

Luego empezó a hacer una especie de interrogatorio, preguntó por mi edad, mi nombre, mi trabajo, mi domicilio, etc. De cierta forma, me sentí en una entrevista de trabajo y quería impresionar, mostrar que era transparente. Así que contesté todas sus preguntas. Iluso. Cuando yo intentaba hacer lo mismo, Azúcar simplemente cambiaba de tema. Me contaba historias que evidentemente eran inventadas. Quería saberse fina y delicada, pero ni de casualidad podía llegar a eso. Yo no le discutía, ni le decía que no hacía falta que me mienta, que de todas formas tenía ganas de llevarla a la cama, así fea como era. Pero se me adelantó, después de dos horas me dijo: quieres que vayamos a tu casa, tengo ganas de hacer algunas cosas contigo. No dudé, pagué la cuenta, paré un taxi y casi sin respirar ya estábamos en mi departamento.

Le ofrecí alguna bebida, eligió vino. De un solo bocado se terminó su copa, yo hice lo mismo, aunque me dolía desperdiciarlo así. Se acercó y comenzó a acariciar mi rostro, su mano bajó por mi pecho que palpitaba y llegó hasta mi miembro. Me ericé. Intenté besarla pero no me dejó. Quería hacer todo el trabajo. Agarró mis manos y las pasó por todo su ser, lugares inhóspitos que no suelo visitar en cuerpos de otras mujeres. Me quitó toda la ropa, hizo lo mismo con la suya. Solo se dejó el brasier, pero las tetas estaban por afuera. Yo temblaba. Siguió jugando conmigo, quería llegar al orgasmo pero obvio que no iba a quedar como un mediocre. Qué pensaría si en menos de diez minutos terminaba. Ella bajó y comenzó a chupármelo. Esa boca de simio me hizo vibrar al primer contacto. Los dientes chuecos no favorecían su labor, pero sin duda tenía experiencia en el tema. Quería hacerle lo mismo, no me dejaba. Me estaba sometiendo a sus antojos, pero sólo yo recibía las caricias. Me empujó contra un sillón, se sentó sobre mí y se introdujo todo mi ser. Puf, qué placer. Con el movimiento de su pelvis logré sentir hasta el fondo de su sexo. Una, dos, tres. No puedo terminar, se burlará de mí. Respira. No puedo más. Oye voy a llegar, dije. Has lo que quieras, dijo. Eso hice, la empecé a presionar hacia mí con fuerza, creo que le dolía pero no se quejó. En un suspiro todo acabó.

Azúcar se salió. Se vistió y me dijo sin titubear: son 50 dólares. ¿Qué?, susurré. Que me des 50 dólares, ya me tengo que ir. Pero, intenté. Me paré, se los di.

Antes de salir me dijo: Cuando vuelva a requerir de tus servicios, yo te llamo. Beso.

¿Volverá?


Por Manuela Carcelén Espinosa

lunes, 10 de mayo de 2010

Respiro


Respiro. Una bocanada de aire pasa entre mis labios, juega a darme vida. Yo respiro. Siento un escalofrío, la piel da señales de convertirse pronto en una gallina. Sigo inhalando, pretendo que la muerte no se acerca. Las entrañas se estremecen y bailan un son cubano mientras yo desmayo mi dolor.

Intento. Quiero provocarme el vómito, pero mis dedos pequeños y regordetes no alcanzan las profundidades de mi garganta. La mano cae vencida. Estoy nublada, estoy oscura.

Sigo deglutiendo pepas. Así lograré fingir un pasado negro, un presente incierto, un futuro sin futuro. Pasan primero por la faringe, se abren espacio en el esófago y raspan mi interior. Un sorbo de agua viene después y pretende aliviar las quemaduras. No lo logra.

Mi cabeza parece inflada, los ojos torpes se pierden por el techo. Quiero que regresen, se niegan a hacerlo. Me voy a quedar virola. A quién le importa, los muertos no tienen ojos. Pero no quiero morir, pero quizás sí.

Hago un esfuerzo, me incorporo. El cuerpo me falla. Bajo de la cama y pierdo el equilibrio. Poco a poco las luces de mi entorno cambian de color, unas empiezan a disfrazarse de Amarilla, otras de Oscuro y unas cuantas de Morado. Sonrío. Me desvanezco, voy a parar justo contra la mesa que está junto a mi cama. La punta se incrusta en mi frente y obliga a mi sangre a recorrer un pedazo de mi habitación. El charco rojo moja todo mi rostro. No me quiero levantar. ¿Será que me ahogo en mi misma?

La nube es cada vez más espesa. Ya casi no logro ver nada. Aún respiro.


Por Manuela Carcelén Espinosa

jueves, 29 de abril de 2010

Lo cotidiano

Lo que me mata es lo cotidiano. Sólo querría excepciones. Estoy perdida, no tengo hábitos, decía Clarice Lispector en una de sus fichas.

Extraña coincidencia sentirse perdido cuando los entornos están cargados de hábitos y uno no sabe cómo asumirlos, cómo encararlos.

Me exijo adquirir costumbres, que se vuelvan casi una rutina. Por ahí dicen que es la forma de alcanzar los anhelos, yo sólo consigo frustraciones ante una incapacidad notable y una falta de orden.

Pido a todos los santos y los demonios que colaboren con mi causa, que se unan a ella y a través de menjurjes envenenen mi alma para transformarla en lo cotidiano. ¿Y si me vuelvo predecible?

Quizás las aguas purificantes del cielo logren llevarse esta insatisfacción, que nació hace poco, se fue fortaleciendo y ahora no quiere partir.


Por Manuela Carcelén Espinosa

lunes, 19 de abril de 2010

Domingo - El Trío de Omar Rodríguez López



Hoy tengo ganas de vivir... toma un pedazo de mí!

Por Manuela Carcelén Espinosa