miércoles 9 de junio de 2010

Crónica de un suicidio anunciado (Me calaste hondo)


Mi piel se eriza como la de un gato, no tengo siete vidas. Se entumecen los músculos, se pierden los sentidos. Por mi brazo derecho se pasean hormigas que muerden mi piel, el dolor va in crecendo. El corazón no da tregua. Miro alrededor y la soledad es la única que me acompaña en este recorrido.

Estoy casi ciega. Me golpeo contra las patas de las sillas y mesas que se cruzan frente a mí. La piel blancuzca se pigmenta: el violeta y el rojo predominan; y la baldosa, fría, es testigo principal de lo que está pasando. Ella recibe las gotas de mi alma, absorbe una pizca de bienestar corrompido.

El mareo me gana la batalla. No quiero caer abrupta contra el piso. Me pego a la pared y decaigo poco a poco. Despacio, me arrastro hacia una alfombra, necesito calentarme, cubrirme de algo que me mienta calidez. La felpa me reconforta y no sé cómo salir de ahí. Llevo a mi boca un trago más de lo que tengo en la botella, no recuerdo qué es. Trato de incorporarme. Babas asquerosas ensucian mi rostro. Sigo luchando.

Miro hacia el baño y su cuerpo sigue ahí tendido. Sus brazos están cubiertos de sangre, los ojos entreabiertos invitan a la confusión. Siento que me mira, que me juzga. Lo perdí, ahora sí lo perdí.

Me calaste hondo. Y ahora me dueles.

Por Manuela Carcelén Espinosa

2 comentarios:

Marcela dijo...

Con la escena que planteas, me calaste hondo...

.laflaka. dijo...

*me encantó el final manu... me gustó mucho... también me calaste hondo.